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La locura choca contra la realidad (R. Cachanosky)

Más tarde o más temprano, los hechos terminan poniéndole un límite a los desatinos y la demencia.

Salvo por una cuestión de mantener el poder para evitar la infinidad de juicios que pueden llover sobre ellos una vez que dejen la presidencia, lo mejor que le puede pasar al matrimonio Kirchner es perder las elecciones de junio y buscar la forma menos indecorosa de irse de la Casa Rosada.

Ya sé que lo que digo es políticamente incorrecto. Sin embargo, seamos sinceros: todos los políticos que sostienen que Cristina Fernández de Kirchner tiene que terminar su mandato lo dicen porque está mal visto argumentar lo contrario. A pesar de ellos, todos sabemos que: a) hay mecanismos institucionales para manejar la transición en caso de que se vayan, y b) este Gobierno está intrínsecamente incapacitado para generar confianza y recuperar la economía.

Después de todo, desde 1983 casi ningún presidente terminó su mandato. Raúl Alfonsín tuvo que irse varios meses antes. Fernando de la Rúa duró solo dos años y Eduardo Duhalde tuvo que anticipar las elecciones porque no llegaba a octubre. Todos empezaron con mucho entusiasmo y apoyo de la población, pero terminaron mal. Al igual que el matrimonio Kirchner. Es que se hace muy difícil sostenerse más de 6 años en el poder cuando las políticas económicas que se aplican son inconsistentes y están drogadas con emisión monetaria, controles de precios, subsidios, estatismo y desborde fiscal. Al cabo de un tiempo, los costos de la incompetencia para gobernar terminan pagándose muy caro en el apoyo popular. Y más caro se paga cuando la mentira, la agresión y la soberbia se conjugan con la incapacidad para gobernar.

El primer problema que tiene el matrimonio para mantenerse en el poder es que ni el aumento del precio de la soja mejoraría la economía. Hoy tienen un precio de la soja que duplica el que tenía De la Rúa y, sin embargo, la economía está agonizando por más que Néstor lo niegue y divague con que tenemos reactivación.

Uno de los obstáculos fundamentales que tiene Kirchner para reactivar la economía es que ya agotó la droga keynesiana durante todo su primer mandato (lo de primer no es un acto fallido, dado que en los hechos este es su segundo mandato, pero de facto). Entre 2003 y 2008 generó un fenomenal aumento del gasto público que hoy es infinanciable. Emitió moneda a tasas disparatadas y la inflación que produjo lo inhibe de poder utilizar este instrumento para financiar más gasto. Si recurriera a este mecanismo le explotaría la inflación y el tipo de cambio lo tendría que buscar en las nubes mientras Moyano estaría todos los días en la calle pidiendo aumentos de salarios. Destruyó el escaso mercado de capitales que quedaba con lo cual no hay acceso al crédito, ni para el sector público ni para el sector privado. Y no tiene demasiados activos para vender y financiarse. Podría utilizar las reservas del BCRA para financiar más gasto, pero produciría tal desconfianza que en poco tiempo habría una corrida cambiaria y financiera incontenible. Dicho en otras palabras, intentar sustituir el consumo y la inversión privada por la pública implica tener algún mecanismo de financiamiento. Emisión, deuda o más presión impositiva. Kirchner no tiene ninguno de estos instrumentos.

Supongamos que luego de las elecciones opta por contener el aumento del gasto público y disminuir su tasa de crecimiento para no caer en déficit fiscal (en marzo ya lo tuvo a pesar de todos los dibujos contables que hicieron por el lado de los ingresos y por el de los gastos). Dada la situación fiscal, una disminución en el ritmo de crecimiento del gasto no le reactivaría la economía porque no le estaría devolviendo poder de compra al sector privado dado que no podría bajar los impuestos.

Si optara por bajar el gasto y reducir la presión impositiva, podría lograr algún tipo de mejora en el consumo privado pero, dado su comportamiento poco previsible, nadie invertiría un peso en la Argentina. La imprevisibilidad de Kirchner para tomar medidas es tal magnitud que la gente ya no adopta decisiones de largo plazo. Tiene miedo a endeudarse, a invertir, a iniciar nuevos proyectos.

El tema cambiario es otro de los problemas que tiene el gobierno. Con la inflación que generó en estos 6 años licuó el tipo de cambio real y tendría que llevar a cabo una fuerte devaluación para volver a su modelo de sustitución de importaciones. ¿Cómo haría para devaluar? Tendría que permitir que se acentúe la fuga de capitales o bien decirle al BCRA que emita para subir el tipo de cambio. En el primer caso la fuga de capitales restaría depósitos del sistema financiero, subiría la tasa de interés y profundizaría la recesión. En el segundo caso lo mismo pero con inflación y un aumento más acelerado del tipo de cambio.

Es cierto que en el mundo de Kirchner todo es posible. Cualquier medida, por más insólita que parezca, puede ser tomada por Néstor, sin embargo, la realidad es un límite inapelable. Por ejemplo, un loco puede creer que puede atravesar caminando una pared, pero la realidad, que es la impenetrabilidad del átomo, se lo impedirá y el loco solo conseguirá romperse la nariz contra el cemento.

Otro loco podría derogar la ley de gravedad y decretar que puede saltar de un piso 11 sin paracaídas y nada le pasará. La realidad de la impenetrabilidad del átomo lo hará estrellarse contra el pavimento y su locura habrá sido detenida por la realidad. En definitiva, en determinado momento la realidad le pone un límite a la locura.

En este sentido, la economía es como la realidad para el loco. Uno puede hacer cualquier locura, menos dejar de pagar los costos de haberlas hecho. Y tantas han sido las locuras económicas que se hicieron desde el 2003 que ahora aparecen los costos, que no solo se limitan a la inflación, la fuga de capitales, la caída del salario real, el aumento de la pobreza, el incremento de la desocupación y la recesión. También incluye la pérdida de confianza en alguien que ha demostrado ser imprevisible en sus acciones, arbitrario y no confiable. Lo que comúnmente se conoce como alguien que no merece crédito. Ese es, justamente, el mayor problema de Kirchner para poder sobrevivir en el poder. Sin la confianza de quienes gobierna, no hay economía que pueda funcionar.

Esta es la pared que Kirchner no puede atravesar. La realidad se lo impide. Lo que sí puede hacer es mucho daño más al país. Pero sería como en el caso del loco que quiere atravesar la pared ignorando la impenetrabilidad del átomo. Si lo intentara varias veces, el loco terminaría desmayado, tendido en el piso con un montón de lastimaduras. Esas lastimaduras serían más desocupación, pobreza, indigencia, más déficit fiscal, fuga de capitales más fuerte y conflictividad social.

¿Qué hará Kirchner? ¿Frenar después de chocar contra la realidad o, al igual que el loco, continuará chocando hasta caer desmayado? Es una respuesta muy difícil de dar porque Kirchner ha demostrado que no razona como el común de los mortales. Sin prejuicios ni valores que respete, puede intentar de todo, aún sabiendo que él mismo va a salir muy deteriorado, comportamiento que, a diferencia de los presidentes que se fueron anteriormente, agrava la situación económica, porque con Alfonsín, De la Rúa y Duhalde uno sabía que, aún errando el camino de la economía, sabía que existían límites que no iban a traspasar. No es el caso de Kirchner, por eso el mayor grado de incertidumbre que profundiza la crisis económica.

Tal vez lo mejor para el país sea que Kirchner siga en el poder para que los argentinos aprendamos muy bien qué es lo que no se debe hacer y cuales son los límites que imponen la realidad. Aunque reconozco que el costo para la sociedad será muy alto, pero tal vez la lección nos deje un buen beneficio en el futuro en materia de políticas públicas.

La incertidumbre que tenemos sobre el futuro es muy grande. El único dato cierto que tenemos es que mientras el matrimonio siga en el poder, la destrucción de la Argentina será creciente.

Pero no será este el problema que considerará Kirchner para decidir si sigue o no en el gobierno. Sus parámetros se limitarán a evaluar qué es lo que más le conviene a él. Y como razona en forma diferente al común de los mortales, no sabemos qué evalúa como lo más beneficioso para sus intereses personales. Para Kirchner, el modelo de gobierno son sus comportamientos imprevisibles. Para un país, ese modelo es letal a la hora de crecer y mejorar la calidad de vida de la población.

Kirchner se ha metido y nos ha metido en una triple tormenta. La económica interna que él desató. La externa. Y la imprevisibilidad de sus comportamientos arbitrarios. Si Argentina llegara a resistir hasta el 2011 esta triple tormenta, pasaría a ser un caso de estudio para las ramas de las ciencias económica, política y psicología social.

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