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La vuelta de Keynes a la economia actual



El crac mundial amerita la vuelta de las ideas de Keynes

No soy “keynesiano” pero admiro a Keynes, por su personalidad y por sus ideas filosóficas profundas. Igual que Hayek. A pesar de que, con razón, lo que más se conoce de Hayek en relación a Keynes es la firme oposición a sus ideas: el famoso debate Keynes-Hayek a propósito del Tratado sobre la Moneda de Keynes.
Friedrich von Hayek, economista austríaco, fue un paladín de la libertad en todos los ámbitos, y específicamente en la economía. Apostaba por la libertad, a pesar de sus posibles consecuencias erróneas. Cuando existen trabas en el mercado, argumentaba, la información es incorrecta y los hombres se equivocan. Por eso, para Hayek el rol del Estado debe reducirse al mínimo. Se comprenderá, entonces, que no coincidiera mucho con algunas de las ideas de Keynes. Pero se deben hacer dos distinciones.

Primero, una cosa es Keynes, la persona, y otra sus ideas. Hayek supo distinguirlo muy bien. Su admiración a la persona contrasta enormemente con su oposición a las ideas. Oigámoslo directamente:

“Especialmente para mi generación – él era dieciséis años mayor que yo – fue un héroe mucho antes de lograr verdadera fama como teórico de economía. ¿No era el hombre que había tenido el coraje de pronunciarse en contra de las cláusulas económicas de los tratados de paz de 1919? Admirábamos sus libros brillantemente escritos por su franqueza e independencia de pensamiento (...) Tenía total confianza en sus poderes de persuasión y creía que podía pulsar la opinión pública como un virtuoso pulsa su instrumento. Era, por dote y por temperamento, más un artista y un político que un erudito o un estudioso. Aunque dotado de poderes mentales supremos, su pensamiento estaba tan influido por factores estéticos e intuitivos como por otros puramente racionales. Aprendía con facilidad y poseía una memoria notable (...) Era tan polifacético, que cuando alguien llevaba a estimarlo como hombre resultaba casi irrelevante que pensara que su teoría económica era falsa y a la vez peligrosa (...) Podría haber sido recordado como un gran hombre por todos aquellos que lo conocieron, aún cuando jamás hubiese escrito sobre economía política”.

Hayek recuerda que Keynes le consiguió lugar en King’s para vivir en 1940 y que se reunían a conversar los fines de semana. En esos momentos pudo apreciar sus intereses y sensibilidad estética, histórica, literaria, bibliográfica y su patriotismo.

Por otra parte, en segundo lugar, una cosa es Keynes y otra son los keynesianos. Keynes es uno solo, los keynesianos son muchos. Hay keynesianos muy ilustres y respetables. Otros, no tanto. Los primeros son los fieles y buenos intérpretes del maestro. Los segundos, los infieles. Terence Hutchison escribió el célebre artículo “Keynes vs. Keynesians” donde muestra cómo algunos tergiversaron las ideas de Keynes y cómo se las ha usado ilegítimamente o se lo ha acusado injustamente. Como decía su amigo y discípulo Richard Kahn, se ha abusado de la palabra “Keynes”. Con el tiempo (y gracias a la acción de malos políticos), esta palabra quedó asociada a soluciones inflacionarias a los problemas de la desocupación y a un Estado fuertemente interventor. Sin embargo, sólo con importantes restricciones y matices (y en determinadas circunstancias) Keynes habría estado de acuerdo con algunas de las recetas que se le atribuyen. Por eso, en 1946, el año de su muerte habría afirmado: “Yo no soy keynesiano” (la versión de esta afirmación se origina en Colin Clark y es repetida por Hutchison y muchos más, pero es dudoso que sea del mismo Keynes según Colander).

Hayek, quien conoció bien a Keynes y lo que vino después, hace correctamente estos distingos. Para él, el impulso a la inflación de posguerra proviene de un “keynesianismo demasiado simplificado”.

“En realidad, estoy casi seguro”, sigue Hayek, “de que si hubiese vivido en esa época, Keynes habría sido uno de los combatientes más firmes contra la inflación”. Y sigue recordando: “Una de las últimas veces que lo vi, pocas semanas antes de su muerte, me dijo sencillamente algo más o menos parecido (…) Yo le había preguntado si no se sentía alarmado ante el uso que algunos de sus discípulos estaban dando a sus teorías. Su respuesta fue que esas teorías habían sido muy necesarias en la década del 30, pero que si se hubieran hecho perjudiciales, podía yo estar seguro de que él inmediatamente produciría un cambio en la opinión pública”.

El mayor biógrafo de Keynes, Robert Skidelsky recoge algunos testimonios de finales de su vida (1946) realmente sorprendentes por su ortodoxia. Uno es de Harry Johnson. Según Johnson, Keynes le dijo que había campos en que funcionaban fuerzas naturales, a las que podemos denominar mano invisible cuando conducen al equilibrio. Otro es de Henry Clay a quien le dijo: “me encuentro cada vez más inclinado a una solución a nuestros problemas sobre la base de la mano invisible que traté de expulsar del pensamiento económico hace 20 años”.

Al mismo Hayek, en una carta de 1944 (que conocemos hace años gracias a José Enrique Miguens, a quien se la prestó el mismo Hayek) acerca de su recientemente publicado Camino de servidumbre, Keynes le dice: “Moral y filosóficamente estoy de acuerdo con virtualmente todo el libro”. Sin embargo, le agrega que no coincide con su rechazo absoluto del planeamiento, que es una vía intermedia aceptable siempre que se base en una moral compartida por líderes y seguidores.

¿Qué hubiera dicho Keynes sobre la actual crisis económica y financiera global? Me puedo imaginar muchísimas cosas. Pero, in short, para Keynes, en situaciones de crisis e incertidumbre, las convenciones económicas y las reacciones de los empresarios son deficientes para impulsar una inversión que conduzca a una ocupación plena. Por eso, parece conveniente fomentar una inversión autónoma.

En contextos de crisis y debilitamiento del estado de confianza, se necesitan hombres con la habilidad de calcular la eficacia marginal social del capital e impulsar la inversión. Ahora bien, ¿quiénes son esos hombres probos, de espíritu público, de los que hablaba Keynes, que saben calcular la eficiencia marginal social del capital y administrar correctamente corporaciones semipúblicas? Keynes creía en su existencia. Sin duda, se consideraría a sí mismo como uno de ellos.

En fin, quizás es un momento para que vuelvan los keynesianos. Pero keynesianos medidos, fieles al espíritu moderado de Keynes. Y sus recomendaciones deberán ser ejecutadas por políticos probos y patriotas. ¿Los tendremos?

Por Ricardo Crespo
Economista y doctor en Filosofía, Profesor del Área Académica Economía del IAE Business School

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